La ética inquebrantable del doctor Emil Kasse Acta

Una vida dedicada al bienestar de su pueblo.

En el debate actual sobre la humanización de la salud, la figura del doctor Emil Kasse Acta se erige como un testimonio de coherencia profesional. Su visión, que definía la práctica médica no como un medio de lucro sino como una misión de servicio, ofrece las respuestas que el sistema sanitario busca para reconectar con el paciente desde la empatía y el honor.

En un artículo publicado el 6 de septiembre de 1970, se recogía el juicio fundamental que guio su carrera: «El ejercicio de la profesión médica es un sacerdocio que debe estar consagrado, por entero, a enriquecer la salud del pueblo, nunca dirigido a amasar fortunas personales».

Una vocación sin distinciones

La trayectoria de Kasse Acta no fue ajena al sacrificio. Para alcanzar su lugar en la medicina, debió vencer los rigores de la pobreza en su infancia y enfrentar desafíos de salud derivados de su propia entrega a su profesión.

Para Kasse Acta, nacido en 1924 e hijo de padres árabes, su origen humilde en San Pedro de Macorís fue un motivo de honra que definió su práctica médica. Siempre expresaba que haber crecido en la escasez le otorgó la sensibilidad necesaria para tratar por igual a todos sus pacientes, rompiendo las barreras de clase, raza y religión en favor de la salud infantil.

Esta convicción se traducía en una sala de espera donde el privilegio económico no tenía espacio. Todos los pacientes entraban a su consultorio, como él lo expresó, por «riguroso orden de llegada, salvo, claro está, los casos de emergencia». Era un sistema basado en la necesidad humana, logrando que pacientes de puntos remotos como «el lejano Las Matas de Farfán, Miches o la propia Sierra de El Seibo» recibieran el mismo trato que un jefe militar o un empresario de la capital.

El corazón en la consulta

La empatía de Kasse Acta trascendía la simple prescripción de fármacos. En el marco de una entrevista relató una anécdota que define su carácter: ante una madre que deseaba pagar los honorarios tras ver recuperado a su hijo, el doctor le indicó: «Con ese dinero por favor, compre un regalo al niño».

Esa generosidad era el sello distintivo de su práctica médica en la calle Estrelleta casi esquina Canela, un espacio donde la prioridad era el bienestar infantil por encima del beneficio económico. En aquel centro de salud, era una norma no escrita que ninguna familia se marchara sin los medicamentos necesarios; de hecho, las estadísticas de su labor diaria reflejaban un compromiso social asombroso: una parte considerable de quienes acudían —específicamente uno de cada nueve pacientes— recibía atención profesional sin costo alguno. Estas acciones confirmaban una verdad fundamental sobre su carácter: que incluso en medio de la rigidez de la vida urbana, latía un corazón profundamente humano y compasivo.

Rigor científico y formación

A pesar de su profunda sensibilidad social, el doctor nunca descuidó la excelencia académica. Influenciado por figuras como sus tíos José, Elías y Fernando, y guiado por maestros como el doctor Rafael Baquero y el médico español Paco Torrens, Kasse Acta entendía que el conocimiento era una herramienta sagrada. Sostenía una verdad que sigue vigente: «El estudio es diario para un hombre que se dedica a una labor que se le asume como de suma responsabilidad».

Para él, el médico dominicano debía ser, ante todo, «un modelo humano de honor». Su legado como director del hospital Robert Reid Cabral y como formador de nuevas generaciones de pediatras quedó sellado en esta declaración sobre el sentido de su vida: «no es cuestión de ganar dinero, sino de la satisfacción que me produce poder ayudar a los que sufren y que no tienen en el mundo».

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